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miércoles, 15 de enero de 2014

Búfalo Forestal Enano

 

Cazado con rifle marca Ximo Calibre 416 Remington, Magnum,en Camerún, África

Colaborador Jesús Yurén

 

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Relato de la Casería , Cazando Búfalos siempre hay Peligro

EN LA SELVA LLUVIOSA

Camerún, abril 23 a mayo 6 de 2013.

África siempre tiene algo que enseñarte, desde la estepa Masai del África Oriental a las montañas de Etiopía al Desierto del Kalahari o las selvas pluviales del África Ecuatorial. En el presente relato me refiero precisamente a la selva tropical africana cuyo primer contacto tuve en Zaire en un malogrado safari durante enero de 1984. Al desmoronarse el safari de Zaire, quedó demostrado nuevamente que, no hay mal que por bien no venga, pues lo reemplazamos por otro muy exitoso en el Sudan, donde a más de un sinnúmero de trofeos conseguí un gigantesco bongo occidental, y el eland de Lord Derby ó gigante, ambos desde el mismo campamento del Río Sue, que para esa emergencia nos facilitó el buen amigo John Kaikati, propietario de Nile Safaris, en esa época, principal operadora de safaris en Sudan.

Ya habiendo logrado Bongo y Eland, Robin Hurt, recibió noticias de que en un lejano pantano existían Sitatungas de floresta, con sus amplios conocimientos y su muy británica determinación nos apostamos en el sitio y tras una larga y minuciosa investigación determinó que al día siguiente estaríamos ahí a la salida del sol para intentar huellear a uno de los bellos antílopes de cuernos en espiral y largas pezuñas. El plan que entonces me expuso Robin pudo haber funcionado si no hubiese sido que los nativos de la localidad decidieron, precisamente ese día, realizar una gran pesquería que, como único consuelo, resultó ser muy exitosa.

Mi segundo intento de lograr el fantasma de la floresta, lo hice en República Centro Africana en el más desagradable safari de mi existencia, bajo la falta de dirección de Erick Strockestroon, durante los 21 días que lo soporté, no vi una sola huella de sitatunga y muy escasas de otros animales…

Aunque desde muchos años atrás sabía de su existencia, eran muy menguados mis conocimientos del bello y raro antílope de cuernos en espiral. En 1981 cacé un ejemplar de la variedad del Zambeze y en 1996, el del África Oriental. Ninguno de los dos se me dio fácilmente, de hecho ambos fueron en el segundo intento.

El sitatunga de floresta fue descubierto por los británicos en pleno siglo XX, entre las dos guerras mundiales. Sin embargo, hasta donde mi enorme ignorancia alcanza, el primer ejemplar del que se tenga noticia cierta y verídica fue cobrado en la entonces África Ecuatorial Francesa por Frank C. Hibben, guiado por pigmeos y bajo la organización de un francés llamado Jean Bepoix en los cincuentas medios. Aún en nuestros días es llamado por los pigmeos “boruya” palabra que significa fantasma. El de floresta es el más raro y esquivo de los sitatunga conocidos, y al pronunciar la palabra sitatunga, hemos de significar, ya de por sí, raro y difícil. Los tres, menos raros, el del Zambeze, el del África Oriental y el de las Islas Sesse del lago Victoria, viven a la orilla de los ríos, lagos o grandes pantanos, cubiertas de papiros y salen a alimentarse fuera del papiral. En cambio el de la floresta vive en la franja ecuatorial del África, y aunque siempre cerca del agua, es en la floresta misma donde encuentra refugio y sustento.

La selva lluviosa es como un gran sótano húmedo. Los nervudos troncos de los árboles centenarios se elevan rectos y soberbios, tanto que sus extremos superiores se pierden en el verde canopy de la cubierta. De las ramas de árboles menores, que luchan por un poco de luz, cuelgan lianas de todos los diámetros y tamaños. El piso está cubierto de breñales, que al igual de los árboles jóvenes luchan por un poco de la luz necesaria para su fotosíntesis. El tiempo del crepúsculo permanente de la floresta está marcado por el gotear constante y los gritos de algunos pájaros invisibles en las altas copas. La débil luz que se filtra entre los millones de hojas da poca ó ninguna idea de la posición del sol, así el bosque tiene el extraño efecto de hacerte perder el sentido de la dirección, no así a los pigmeos. Aún al interior de la selva, hay varios grados de densidad de la breña limitándote la visión a unos veinte metros como máximo pero muy a menudo a unos tres o cuatro. A las partes más cerradas les llaman “kibras” y éstas varían caprichosamente en forma y distribución, variando de la permeabilidad del canopy a la luz.

Por recomendación de mi querido amigo el Dr. Ripepi, contraté mi cacería en la selva de Camerún con Safaris Chelet, quienes poseen la concesión de caza del extremo sudeste de ese país, que en lo forestal tiene concesionado a una maderera italiana. Hago mención de lo anterior porque los Chelet usan y aprovechan la amplia red de caminos, pistas y trochas forestales para buscar huellas de los animales que cazan, siendo los mayores el elefante forestal, el bongo, el búfalo enano y el sitatunga de floresta.

Por la mañana y antes de que haya luz, estás en las áreas que han demostrado la mayor concentración de caza y en cuanto se puede ver, recorres las pistas buscando huellas. Esto suena fácil pero depende de varios factores: el primero es la humedad del suelo que muestre lo fresco del rastro y lo segundo que el tamaño de la huella sea el apropiado y de un animal solitario. Muy a menudo se localizan varias huellas viables y no es sino hasta que en el interior de la jungla hay luz suficiente para huellear, cuando se sigue la de mayor frescura, aumentando los chances de alcanzar al hacedor de huellas. A veces el animal se dirige a un lugar más abierto en busca de comida pero a menudo lo hace al río, a algún pantano o bien al parque cuyos omnipresentes linderos son celosamente respetados. Cada entrada toma alrededor de una hora y normalmente se hacen dos o tres infructuosas por mañana.

Todos mis preparativos físicos resultaron superfluos, ya que aun cuando mi estatura es normal, para seguir a los pigmeos había de doblarme y en más de un caso reptar para poder pasar. Las lianas se te enredan desde la gorra hasta los pies y varias veces quedé atrapado como mariposa o más bien mosca en la red de lianas. La mayor molestia son las hormigas de safari, que se mueven en densas y agresivas columnas desde uno hasta más de veinte centímetros y si se creen molestadas te atacarán sin dilación propinándote multitud de piquetes.

Al llegar a Douala, capital comercial de Camerún, conocí a quienes serían nuestros compañeros de safari, tres norteamericanos y sus respectivos profesionales. Sólo dos de ellos cazarían, Harold de Arkansas y Jim presidente del Capítulo de Alabama del SCI. Buddy acompañaba a Harold. Los guiarían Clint Burton y Martin Neuper, mientras que a mí lo haría Ximo M. Chelet. Joven avispado, conocedor y trabajador. De Douala volamos en un chárter, piloteado por Philippe Tomaszewski, experimentado y simpático capitán de origen francés quien en menos de tres horas nos depositó en Kika, poblado sede del campamento y del aserradero cuyas pistas usaríamos. A mí me acompañaba mi querida esposa Rocío, quien vivió conmigo minuto a minuto los avatares del safari compartiendo las hormigas, la agonía de la espera y el éxtasis del lance.

Empezamos a cazar la madrugada del día siguiente 24 de abril y poco después del medio día cuando regresamos a almorzar al campamento nos sorprendió escuchar no uno pero dos “kabubis” en honor de Harold y Jim quienes habían cobrado sus bongos. ¡La cosa pintaba bien! La tarde la dedicábamos a llamar duikers o a controlar algún abra que allá llaman “sabana”.

Cada día fue semejante al anterior, levantarte temprano y tomar un frugal desayuno, buscar y generalmente, encontrar huellas. Entrar tres o cuatro veces en la selva de las cuales, invariablemente, habíamos estado a un palmo del sitatunga. Al menos eso decían los pigmeos apoyados firmemente por Ximo e incluso Alim el chofer. Regresar por la tarde como quedó dicho, siempre con un gran calor húmedo, siempre sudando y siempre con el lomo doblado y el cuerpo arañado. En la selva, lo que no pica araña o corta. Cuidaban de mí dos pigmeos uno adelante y otro atrás. Se me ocurrió preguntar por qué echaban suertes y era para saber quiénes vendrían conmigo. Tuve el mal tino de preguntar que si venían los ganadores y todos rieron. ¡No! Los ganadores irían al frente…

La mañana del día 29 nos dio grandes esperanzas pues la noche anterior llovió copiosamente y las huellas que encontráramos serían más frescas que de costumbre. Sobre una pista que conocíamos como productiva localizamos cinco diferentes huellas, todas muy frescas. Optamos por la mayor, que se movió de inmediato en la indeseable dirección del parque y sin perder más tiempo volvimos a la brecha y fuimos por la siguiente, de gran tamaño y tal vez mayor frescura. Entramos a la selva, ahí un poco más abierta, con excepción de una gran kibra alargada que enfrentamos de punta. El rastro tomó a la izquierda. Al llegar a su punta oí a Ximo apresurándome pues, al parecer, el animal se había atorado en la breña. Traté de apresurar el paso pero mi pigmeo delantero me detuvo y pasó el rifle señalando hacia la derecha de la kibra, donde a unos diez metros, percibí una forma parda y puntas marfilinas ¡Un sitatunga! Sin rubor apunté al culo, único punto que me presentaba al alejarse y dejé ir los 400 granos de bala blanda del .416 Rem. Mag. El animal desapareció en la espesura, donde unos segundos después le encontré en el suelo rodeado por los perros. Acabé con su sufrimiento y todo se volvió festejo y gritos que no acabaron hasta llegar en “kabubi” al campamento con el primer sitatunga cazado en la temporada. Con el cobro del fantasma de la jungla, terminaban 29 años de búsqueda. ¡Ya era cazador de fantasmas!

A pesar del logro del sitatunga, la rutina no cambió sólo que ahora nuestro objetivo era el búfalo forestal o enano. Lo hacíamos con el mismo sistema e idénticos resultados. La parte diferente es que con gran frecuencia, la huella grande venía a mezclarse con la de algunos otros ejemplares, casi siempre hembras o becerros con lo que la dejábamos de inmediato. Ya sería problema lidiar con un búfalo para pensar en enredarnos con más.

En realidad el búfalo es prácticamente el mismo viejo conocido, sólo que adaptado a las circunstancias de la jungla. Su tamaño se ha disminuido al de un gran toro de lidia, es decir unos 600 Kg. Los cuernos tienden a no juntarse en el bos, prácticamente no descender y en cambio apuntar, como si fuera un bisonte, hacia arriba. Lo que le falta de tamaño lo compensa, como buen chaparro, con mal genio y una agresividad extraordinaria aún cuando no haya sido provocado… todavía. Pigmeos y perros le respetan mucho, los primeros incluso más que al elefante y algunos de los segundos resultan, con frecuencia, severamente maltratados. Varios de los nativos y algún pigmeo llevan cicatrices de “ligeros” encuentros con búfalos y yo conozco, de primera mano, varias malhadadas experiencias con los irascibles enanos de la jungla.

A pesar de las justificadas previsiones que había, continuamos tercamente cada día en busca de los endiablados toros y durante varios, la única recompensa fue el ver una familia completa de gorilas. La experiencia duró sólo un minuto: una hembra cruzó la brecha a unos 50 m. por delante del carro llevando en brazos un pequeño y seguida de cerca por un adolescente. El macho nos detecto al ir a cruzar y por un momento nos enfrentó, volviendo grupas y entrando a la floresta en dirección contraria a su familia, dándonos una fugaz visión de su lomo blanco. Llevó Alim la camioneta al punto donde habían cruzado y pude ver las enormes huellas. Del lado de la hembra había una pequeña bahía en la espesura y un pequeño movimiento atrajo mi vista, era el adolescente que se volvió a espiarnos. Al notar que lo veía me mantuvo unos segundos la vista pero en eso los pigmeos imitaron el gruñido de los primates al que el lomo plateado contestó airado. Ximo gritó una orden terminante y Alim aceleró poniéndonos fuera del alcance.

Desde la tarde del primero de mayo y seguramente por ser el día del trabajo, cayó una pertinaz llovizna que en la madrugada se convirtió en fuerte chaparrón aunque para el amanecer ya había escampado. Nos fuimos en dirección a una de las brechas más productivas encontrando de inmediato una huella grande y solitaria. Clint nos llamó por el radio indicándonos donde había otra que fuimos a checar encontrando era menor y acompañada por lo que regresamos a la primera esperando a tener suficiente luz en la espesura.

No mucho después, entramos a la jungla por la misma vereda que lo había hecho el búfalo y al superar la orilla, siempre más tupida, encontramos una floresta más abierta, que nos permitía ver a unos diez metros de distancia. Observé como una perrita, que ese día llevábamos por primera vez, se adelantaba a Ximo y desaparecía en la espesura. Seguí por la vereda que habían usado tanto el búfalo como mis compañeros, quienes estaban junto a un gran árbol. Se notaba la tensión en todos. Un ladrido seguido de un mugido hizo que Ngasake, mi porta armas me pasara el rifle, corté cartucho y con el dedo en el seguro, cubriendo el guardamonte con la mano, avancé, siempre por la vereda, en dirección a mis amigos hasta unos tres metros de ellos.

Los siguientes acontecimientos duraron sólo unos segundos que por mis ojos pasaron en cámara lenta pero con una intensidad imposible de narrar. En realidad a mi mismo sólo me quedaron muchas cosas claras en la reconstrucción, por las huellas y visiones de los demás, de los hechos.

A tres metros de mis amigos, repentinamente vi abrirse la espesura atrás y al lado del árbol junto a donde ellos estaban. Levanté el rifle y boté el seguro. Para mi enorme sorpresa aparecieron dos grandes búfalos en mi dirección. El instinto prevaleció sobre el susto y descerrajé un tiro al toro delantero, tirándolo en el paso del otro que tropezó con él. En menos que canta un gallo, disparé un segundo tiro al otro búfalo que para entonces veía encima de mí. Como un eco sonó de inmediato un disparo de Ximo. Empecé a recargar mientras trataba de apartarme a mi derecha, con Ngasake tirando de mí en la misma dirección; mis pies se enredaron con una liana haciéndome caer directamente hacia atrás. Aunque hace tiempo que las abdominales salieron de mi rutina de entrenamiento, al tocar mis nalgas el suelo, me enderecé alcanzando a ver caer el toro a pocos centímetros de mis pies; a bocajarro hice mi tercer disparo directamente a su columna rompiéndola por encima de la cabeza antes que otro de Ximo lo acabara de rematar. Antes de tener tiempo de asustarme, Ximo gritó:

- ¿Te ha pegado?

- ¡No! -contesté,- ¿Dónde está el otro?

- Huyó hacia el camino…

- ¡A por él! - Grité, poniéndome en pié con la ayuda de entusiastas empujones de los pigmeos.

Sin siquiera una mirada al difunto, me dirigí en pos de mis amigos rumbo a la pista, observando grandes manchones de sangre arterial que me dieron la esperanza de encontrarlo ya muerto. Al salir al camino Alim nos indicó por donde había cruzado y mis pigmeos me arrastraron a la camioneta gritándole a Alim instrucciones que siguió al pie de la letra, retrocediendo unos treinta metros para tomar otra amplia rodada que recorrió por cincuenta metros deteniéndonos a escuchar. Hacia la popa del vehículo apareció el búfalo tan cerca que pude ver la herida de entrada de mi primer balazo. Sin dudar, le solté otro tiro codillero que, aún haciéndolo volver sobre sus pasos, no acusó otro efecto que los gritos de Ximo pidiendo información, que recibió directamente de los pigmeos, quienes me arrastraban de nuevo en pos del toro. Otro disparo de mi profesional, seguido de jubilosos gritos de los pigmeos, me dio la certeza que el búfalo había caído. Ya con gran confianza, llegué a darle un último disparo. Como me enseñó Tom Litgow, mi primer profesional en África:

- “Al búfalo muerto, ¡Hay que matarlo!”

Al reflexionar en el susto mayúsculo que me proporcionaron los Syncerus caffer nanus, y en que superé ileso la peor embestida que he tenido, di gracias a Dios, a San Huberto y a mis propios difuntos cazadores que me han precedido a tomar la vereda que algún día todos recorreremos. Solo pido tener la oportunidad de seguir probando suerte ¡en este mundo!

Jajalpa, Edo. de México, Mayo 12 de 2013

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